
Yo soy la mamá de todas las princesas. De hecho, probablemente podría ser la tuya. Sólo que tú y yo estamos en el mismo barco y navegamos en la misma dirección. La diferencia está en que tú acabas de llegar y yo llevo navegando más de 20 años. Puedo ser un ejemplo de cómo sobrevivir o de cómo vivir
medioviva/
mediomuerta durante toda tu vida; tú decides el prisma con el que quieras mirarlo. Una cosa te aseguro: no es guay, ni fácil, ni lindo, ni diver. Las satisfacciones, las alegrías, la felicidad que puedas sentir son tan efímeras como un suspiro. O como un helado en verano. Adelante; esta es mi vida, la que tengo, la que yo misma me he condicionado y de la que no puedo escapar 20 años después. Decide tú si quieres realmente que esto sea el resto de tu vida; porque si crees que hoy, que tienes 14, 16, 19 ó 25 años no te importa y que te dá igual lo que te suceda dentro de 20 años o, peor aún, piensas que dentro de 20 años pensarás diferente, sentirás diferente y harás cosas diferentes, te equivocas muy mucho, niña bonita. Porque yo, hoy, ahora, con 37 añazos y mucha, demasiada vida vivida detrás, me siento exactamente igual que tú, que tienes 14, 16, 19 ó 25 años: una puta mierda. Mi vida es como un barco de papel: a veces se mantiene a flote muy bien, pero siempre se termina empapando y el mismo agua que lo hace navegar, lo consume, lo destruye. Y toca hacer otro, y otro, y otro.
Te digo que te vas a pasar el resto de tus días haciendo barquitos, corazón. ¿Es eso lo que quieres?
Lo fuerte es que si a mí me dicen esto mismo a los 14 años, me hubiera cagado de la risa. Si me lo dicen a los 16 años, me hubiera mosqueado en plan
"¿de qué vas, loca?". Si me lo dicen a los 19 años, me hubiera interesado el tema pero habría estado muy ocupada bebiendo con los amigos o follando con mi novio como para profundizar más en el tema. A los 25 años lo acepto, lo estudio, lo analizo y me busco la manera de torear a la muerte y a la enfermedad para salirme con la mía. Y llegada a los 37 años, sigo intentando lo mismo que a los 25: ser más lista que la enfermedad, tomar de ella lo que yo quiero y luchar por erradicar o cambiar lo que no quiero. Y de lo que no me doy cuenta es de que mi vida está rota en mil pedacitos, y tengo como
mini-subvidas para vivir, según toque la que toque esa mañana. Y probablemente seguiré igual a los 40, a los 45, a los 50 años. Si es que llego, claro. Si es que no se me terminan de romper los pedazos que he logrado salvar hasta ahora.
Pero a mi, que al igual que quien tiene hoy 14 años, me parece que a los 50 ya se acabó el juego, incluso puede que antes; que ya no me importarán las mismas cosas que tanto me consumen hoy. Pero la verdad es que a los 15 yo pensaba eso mismo de los 30. Pensaba que los 30 no existen. Y existen, sí que existen. Y los problemas te persiguen hasta aquí, a menos que los evites o soluciones. Tú decides.
Y tú, ¿qué decides?
No es un problema de niñatas mimadas. Yo no soy una niñata mimada. Probablemente, tú que me lees tampoco lo seas. Las niñatas mimadas de mamá y papá se salvan, todas, sin excepción. Se salvan porque jamás bajan al fondo. Sus vidas de princesas brillantes no les permiten ensuciarse con la mierda que hay aquí abajo, no señor. A ellas se les arruga la naricita porque huele mal, es asqueroso y feo y se ensuciarían los vestidos de marca. A quienes nos afecta y nos devora es a quienes no tenemos miedo de la oscuridad, porque no conocemos la luz; a quienes no tememos la suciedad, porque somos inmundas. A quienes buscamos desesperadamente ese rayito de luz, porque necesitamos ver, porque aunque no la conozcamos intuímos que esa lucecita es mejor que lo que tenemos. Nos queremos lavar el alma, porque aunque siempre la hayamos tenido llena de mierda, presentimos que tenerla limpia se sentirá mejor. Es la utopía de nuestras vidas: creemos que allí fuera hay algo mejor, algo mejor que puede hacer de nosotras una mejor persona. Y que tendremos una vida mejor. Aunque no sepamos cómo es, aunque nunca la hayamos tenido. Creemos firmemente que podremos lograrlo.
El problema es que sencillamente no sabemos qué es, ni cómo es. Y por ello es que no nos damos cuenta cuando lo tenemos en la punta de los dedos. Y por eso siempre sentimos que estamos tan cerca, tan cerca que podemos hasta olerlo... Pero siempre se nos termina escapando de las manos, y terminamos en una loca carrera de persecución que nos deja exhaustas. Nos cansamos, nos dejamos caer. No podemos más. Hasta que recuperamos fuerzas, nos levantamos y echamos a correr de nuevo. Esta vez sí, esta vez es la buena. Lo volvemos a tener delante de nuestras narices, a tocarlo con la punta de los dedos, a oler su dulce aroma, otra vez, sí, esta vez sí... Y corremos más deprisa. Casi, casi lo tenemos, pero... Nos cansamos otra vez. Cada vez nos cansamos más, y más rápido que la vez anterior; porque nos vamos minando, porque nos vamos desgastando, porque nos hacemos mayores. Y así es nuestra vida; un círculo del que no salimos jamás. Un círculo que no deja que nada salga ni que nada entre. Un círculo que nos separa y aleja de todo: de lo que
no queremos... pero también de lo que
sí queremos.
Somos como pequeños hamsters peludos corriendo en su rueda: por mucho que se esfuercen, la rueda no se mueve ni un ápice de su lugar. No nos movemos ni hacia adelante ni hacia atrás. Siempre, siempre seguimos en el mismo sitio, por más esfuerzo que hagamos. Hasta caer agotadas. Hasta recuperar fuerzas. Hasta que nos sentimos capaces de volver a empezar... ¿Pero empezar con qué? Pues con más de lo mismo. Un día, y otro, y otro. Un barquito de papel hoy, otro la semana que viene, y otro, y otro. Y así, el resto de nuestras vidas.
O no. Eso depende únicamente de... nosotras mismas.
P.D.: Ésta es mi entrada Nº 37 en el blog. Los mismos años que tengo en este mundo. Me ha llamado la atención, y quizás por ello viene la reflexión.